A través de la historia familiar, mi hija está eternamente unida a sus antepasados

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Josué y María Fernanda Peña, junto a su hija Antonella, quien nació el 8 de julio de 2018.

El esfuerzo de buscar registros y fotografías de mis antepasados era para que mi niña naciera bajo los lazos de una familia eterna que la ama.


La espera por Antonella fue una oportunidad para que mi esposa, María Fernanda, y yo trabajáramos en nuestra genealogía. Aunque sabía que en vida no se iban a conocer, mi deseo era unir a mi hija con sus familiares fallecidos.

 

Antes del nacimiento de mi hija, me esforcé por avanzar en mi historia familiar, con el programa FamilySearch. Luego, mi esposa y yo visitamos el templo para realizar las ordenanzas salvadoras por los antepasados que encontramos. Fue muy especial poder trabajar juntos por nuestros antepasados, aunque algunas ordenanzas tuvieron que quedar pendientes debido a que las semanas de embarazo llegaban a su fin.

 

En las horas previas al parto, oré a mi Padre Celestial para que todo saliera con normalidad. Durante la espera, mi familia me acompañaba y todos estábamos ansiosos por conocer a nuestra pequeña.

 

Después de un largo día de desvelo y de muchas llamadas y mensajes preguntado si ya había nacido, fue a las 11:30 a.m. del domingo 8 de julio de 2018 que Antonella vino al mundo. Aquel momento fue sagrado.

 

Mi suegra y yo entramos al parto; mientras ella sostenía a mi esposa y le brindaba todo el apoyo, yo registraba cada segundo de aquel momento único con una ráfaga de fotos. Poco a poco divisé los ojitos de mi pequeña, escuché su llanto al salir y vi su cuerpo indefenso. Incluso puedo decir que sentí el latido de su corazón.

 

Al salir de la sala de partos lo primero que dije fue: ¡Ya nació Antonella! Esa niña, de un momento a otro se había convertido en lo más hermoso de nuestras vidas.

 

Tan pronto se supo la noticia que Antonella había nacido, todos nuestros seres queridos se acercaron para apreciarla. Cada persona que la veía decía con asombro que tenía los ojos de la mamá, o la nariz del papá o la forma de los pies característicos de una de las familias.

 

Además del hermoso momento de su nacimiento, en la noche tuve un sueño muy especial. Estábamos en una gran reunión sacramental en donde había mucha luz y blancura. El salón estaba repleto y había música de preludio que hacía que todo fuera solemne. De pronto, me di cuenta que nos llamaban para bendecir a Antonella.

 

Mientras llevaba a mi bebita en brazos, junto a mi esposa, me di cuenta de que en las bancas estaban sentados todos mis familiares fallecidos. Se encontraban mis abuelas, los abuelos, los hermanos de ellos y otras personas que reconocí porque había visto sus fotos en el árbol familiar.

 

Por cada banca que pasaba, miraba la ternura con la que Antonella era apreciada. Todos mis ancestros estaban ahí, viendo el momento en que ella se unía a la familia.

 

Esta ha sido la experiencia más dulce que podría tener en relación a la vida y el mundo de los espíritus. Por un lado, está el recuerdo de escuchar y ver a Antonella gritar por primera vez y, por el otro, el saber que la muerte no es el final del camino, sino una etapa del gran plan de felicidad. A través de ese sueño supe, con todo mi corazón, que no podemos ser redimidos sin nuestros antepasados (véase DyC 128:15). Y que podemos llegar a conocerlos y a enlazarnos con ellos en una gran familia eterna.

 

Testifico, hoy más que nunca, que la historia familiar es para todos. Une a los jóvenes con los ancianos, a los padres con los hijos, y nos da un sentido de unidad y de seguridad de saber quiénes somos. Las bendiciones prometidas para nuestras días son abundantes. El Señor Jesucristo restauró estas verdades a través del profeta José Smith.

 

Vemos la genealogía de Jesús en el Nuevo Testamento (Mateo 1:1–17; Lucas 3:23–38), la de los jareditas en el Libro de Mormón (Éter 1:6–33), y la de la casa de Israel, hasta Adán, en el Antiguo Testamento (1 Crónicas 1–9). En los libros canónicos está la historia de nuestros padres, y por eso creo que debemos llevar registros de nuestra historia con gran amor.

 

Cuando escribimos las experiencias familiares que nos unen, y les añadimos fotos, almacenamos tesoros invaluables. Los invito a experimentar la dicha que viene al servir a los que están al otro lado del velo. Esta es una obra de amor y solo el amor puede hacer que entrelacemos nuestros corazones con los que vivieron y con los que están por nacer.