Abriendo las ventanas de los cielos en Centroamérica

i
La viuda echó más que todos.

No hace mucho tiempo, mientras me ejercitaba por una calle de la Ciudad de Guatemala, llamó mi atención una pequeña moneda antigua de cinco centavos que se encontraba a un lado de la calle. Me recordó a las “dos blancas” (Marcos 12:42), que la viuda pobre echó en el arca en el Templo de Jerusalén.

 

Mientras corría, meditando sobre su ofrenda consagrada de “todo lo que tenía” (Marcos 12:44), para mi sorpresa, encontré una segunda moneda igual a la primera. Encontrar la primera fue una sorpresa, pero encontrar una segunda exactamente en el momento en el que reflexionaba sobre las dos blancas de la viuda me pareció más que una simple coincidencia, pues esto afirmaba los profundos sentimientos que tenía sobre la necesidad tan significativa de que se abran las ventanas de los Cielos al honrar la ley de Dios del diezmo y las ofrendas aquí en Centroamérica durante estos momentos únicos e importantes.

 

Fue gratificante enterarme que el valor de las monedas que recién había encontrado era comparable al de las blancas de la viuda fiel, aproximadamente un centavo. Gracias a Dios, el Cielo no mide la cantidad que ofrecemos, sino que el Señor ve nuestra disposición y la multiplica por nuestro sacrificio; la cantidad nunca es Su preocupación. Podemos ver que Su gran deseo es nuestra fe. Jesús, tal vez al contemplar la sorprendente similitud y precio de Su propio e inminente Sacrificio, les enseñó a los discípulos: “…esta viuda pobre echó más que todos” (Marcos 12:43).

 

i
Élder Brian K. Taylor, mientras se encontraba haciendo ejercicio, encontró una moneda de cinco centavos lo cual le llevó a meditar.

Desde mi carrera de ese día, he experimentado consejos inspirados y he recibido vistazos de la pureza y la unidad de la relación entre esta querida viuda y el Padre Celestial. Imaginen el convenio de unidad entre ellos; su ansiosa anticipación de agradar y honrar a Su Señor cumplido en perfecta armonía con Su igualmente ansiosa expectativa de bendecirla y honrarla en abundancia.

 

Se entregaron las santas ofrendas y se derramaron una plenitud de bendiciones inesperadas completamente inadvertida a los espectadores distraídos quienes continuaron en silencio y exquisitez con sus gozosas visitas al templo.

 

Podría haberles parecido a otros que esta viuda piadosa caminó sola a casa después de sus días de adoración en el templo. También podría haberles parecido que regresaría a sus escasas, limitadas migajas y a una o dos gotas de aceite en su alacena, pero ella sabía que era lo contrario. Ella sabía Quién caminaba con ella y sabía Quién iba delante de ella, apresurándose a preparar y proveer su siguiente plato de comida… y el siguiente y el siguiente.

 

i
Esto era todo lo que tenía la viuda, dos blancas.

Al observar cómo ustedes, magníficos y valientes santos, enfrentan los desafíos refinadores, y a veces complicados, especialmente en estos momentos únicos este año 2020, durante la pandemia del Covid-19, no podemos expresar ni una fracción de lo que sentimos. Habiendo enfrentado nuestras propias experiencias desgarradoras, mi esposa Jill y yo tenemos un testimonio innegable que ha nacido y crecido hasta ser un testimonio seguro de que Dios honra todas Sus promesas. Nosotros somos testigos de que “la harina de la tinaja no escaseó, ni el aceite de la vasija menguó, conforme a la palabra que Jehová había dicho” (1 Reyes 17:16).

 

Nos mantenemos firmes y agradecidos por estas leyes divinas: “Honra a Jehová con tus bienes y con las primicias de todos tus frutos; entonces serán llenos tus graneros con abundancia, y tus lagares rebosarán de mosto” (Proverbios 3:9-10). “No demorarás la ofrenda de la primicia de tu cosecha” (Éxodo 22:29).

 

Este versículo es un tesoro familiar: “Dad, y se os dará; medida buena, apretada, remecida y rebosante se os dará en vuestro regazo, porque con la misma medida con que midiereis, se os volverá a medir” (Lucas 6:38).

 

¡Los amamos y oramos por ustedes nuestros amados hermanos y hermanas de Centroamérica y honramos sus vidas rectas! Amamos a nuestro Padre Celestial, a nuestro Salvador y al Espíritu Santo y sabemos que siempre están con ustedes. Nunca caminarán a casa solos. Aférrense. Confíen. ¡Y como la pequeña y anciana viuda, sigan entregando sus ofrendas y les prometemos en el nombre de Jesucristo que Él abrirá Sus ventanas y derramará Sus bendiciones sobre ustedes hasta que sobreabunden!