Aun en los desafíos podemos ver el cumplimiento de las promesas de Dios

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Natali Cruz Arias confirma: “Sé que si somos fieles y nos esforzamos, el Padre nos puede ayudar de maneras que no imaginamos”.

Apenas tengo 18 años pero he tenido que pasar varios desafíos en la vida, entre ellos la muerte de mi abuela, que mi familia se alejara de la Iglesia y que mis padres se separaran. Pero también he visto milagros y he sido muy bendecida.


Soy parte de una familia que trata de vivir el Evangelio cada día. Tengo una hermanita; también tengo tres hermanas mayores que ya están casadas y selladas en el templo. Con dos de ellas sirvo en la organización de la Primaria de nuestro barrio. Mis cuñados tienen llamamientos en otras organizaciones. Mis padres dan clases de preparación para el templo y se capacitan para ser obreros.

Ahora somos una familia unida y activa en la Iglesia. Pero no fue así siempre. Hace diez años las cosas eran diferentes. Mis padres estaban separados y pasábamos por muchas dificultades. En lo poco que llevo de vida, he sido testigo de la oposición, pero también de muchos milagros.

A causa de lo que he vivido, he adquirido un testimonio personal del Evangelio y de mi Salvador Jesucristo. Puedo decir con certeza que Él y nuestro Padre Celestial conocen los deseos de nuestro corazón y están dispuestos a bendecirnos en la medida en que nos esforcemos por obedecer Sus mandamientos.

Una etapa difícil

Cuando yo tenía siete años mis padres se alejaron de la Iglesia y dos años después se separaron. Eso nos convirtió en una familia dividida e inactiva. Eso fue muy difícil, y mucho más porque en ese año mi amada abuela Ana Isabel partió de esta tierra afectada por un cáncer.

Fue el ejemplo de mi abuelita el que me hizo regresar a la Iglesia. Cuando tenía 12 o 13 años, empecé a asistir sola a las reuniones dominicales. Iba muy contenta a la reunión sacramental, pero no me gustaba participar en las actividades de las Mujeres Jóvenes.

Recuerdo que la presidenta de la organización nos apoyó a mí y a mi hermana y nos hizo sentir cómodas y aceptadas. Su buen ánimo nos hizo actuar de la misma forma con las jóvenes que se nos unían. Fue gracias a esto que pude entrar al templo para hacer bautismos por personas que ya fallecieron.

Recuerdo que cuando entré por primera vez al templo, sentí que mis ojos fueron abiertos y tuve la certeza de que volveré a ver a mis familiares que ya partieron, entre ellos a mi querida abuela.

Por esa razón el templo es una parte muy importante en mi vida. Ahora mismo estoy preparándome para recibir mis investiduras y al cumplir los 19 años poder salir a servir una misión de tiempo completo.

No fue fácil ir a la Iglesia sola, pero tomé la decisión de mantenerme activa, buscar al Señor y ser digna de entrar a Su santa casa. También tenía fe de que podría influir en mi familia para que ellos también quisieran regresar.

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Natali con sus padres: Minor Cruz y Kattya Arias de Cruz.

Una cadena de milagros

Con el paso del tiempo todos regresaron. A unos les tomó más tiempo que a otros, pero todos volvieron, incluso mis padres, de nuevo como un matrimonio. Ese acontecimiento es ahora una experiencia sagrada para mí, porque está ligada al momento en que recibí mi bendición patriarcal.

En ella se me dijo que yo sería un medio por el cual el corazón de mis padres sería ablandado para que volvieran a estar juntos por esta vida y por la eternidad. Yo no tenía idea de cómo podría ser un instrumento para ayudarlos, y creía que era un disparate que ellos pudieran estar juntos de nuevo.

Pensé que quizás esa parte de mi bendición patriarcal se refería a algo que no ocurriría en esta tierra; sin embargo, un par de años después mis padres decidieron volver a estar juntos y la promesa de mi bendición patriarcal se hizo una realidad.

Esto se ha convertido en un recordatorio constante de que Dios conoce los deseos de nuestro corazón, que Él escucha nuestras oraciones y está dispuesto a bendecirnos cuando hacemos lo que Él nos manda. Tal como lo indica la escritura en Doctrina y Convenios 82:10: “Yo, el Señor, estoy obligado cuando hacéis lo que os digo; mas cuando no hacéis lo que os digo, ninguna promesa tenéis”.

La unión de mis padres no ocurrió de la noche a la mañana. Fue por causa de una serie de decisiones correctas que incluye el arrepentimiento, el perdón, la misericordia y la expiación de Jesucristo que volvieron a estar juntos.

Esto me hace muy feliz y me confirma que el Evangelio es verdadero y que si hacemos nuestra parte, Dios nos bendice para que podamos soportar las dificultades.

De las escrituras aprendemos: “Allegaos a mí, y yo me allegaré a vosotros; buscadme diligentemente, y me hallaréis; pedid, y recibiréis; llamad, y se os abrirá” (Doctrina y Convenios 88:63). Sé que si nos esforzamos por servir y seguir a Dios, Él puede bendecirnos y concedernos los deseos de nuestro corazón.