Cómo superé los desafíos al asistir al Seminario e Instituto

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Breisel Torres nos explica que, aunque no es fácil, vale la pena completar el estudio de Seminario e Instituto.

Asistir regularmente a Seminario e Instituto no es fácil, pero todo se vuelve mejor cuando logramos ver el lado positivo de cada experiencia que vivimos en la tierra. Aprendí que nuestra conexión con los cielos depende de nosotros mismos.


Ser estudiante de Seminario e Instituto es una experiencia increíble. Aunque, a decir verdad, requiere mucho esfuerzo, sacrificio y constancia.

 

Hace ya varios años tuve la gran oportunidad de asistir a Seminario. Tuve excelentes maestros, pero levantarme de madrugada y asistir no siempre fue fácil. Cuando tenía exámenes, me tenía que levantar a las tres de la mañana para estudiar.

 

Otras veces, cuando amanecía lloviendo, solo quería quedarme durmiendo. Mi mamá me despertaba, pero a veces me volvía a dormir y cuando reaccionaba, ¡ya era tarde! Era casi la hora en la que el obispo pasaba a recogernos.

Ahora me cuesta creer que en ocasiones salía con el cabello estilando agua, con una sola media puesta y la otra en mano junto con mis zapatos y el bolso de escrituras, para luego terminar de arreglarme en el auto.

 

La clase empezaba a las cinco de la mañana. Aprendíamos tantas cosas. Algunas de ellas no las comprendía por mí misma, pero la clase era el lugar en donde mi entendimiento crecía. Yo sabía que cada mañana me colocaba la armadura espiritual y que así lograba enfrentar al mundo un día más.

 

Llegaba a casa de vuelta para prepararme y salir de nuevo hacia el colegio. Me costaba mantenerme despierta, pero sé que el Señor me daba la fortaleza física que necesitaba cada día para rendir adecuadamente en mis estudios.

 

A veces mis compañeras no entendían por qué hacía tantos sacrificios. Pensaban que era una locura de mi parte dedicar tiempo para recibir esa clase tan temprano. Sin embargo, con mucho esfuerzo logré graduarme. Sé que gracias a las clases que con mucha dedicación nos daban, evité hacer muchas cosas del mundo que a esa edad se nos hacen muy atractivas.

 

Tengo que admitir que me sentía muy nerviosa cuando comencé a asistir a las clases de Instituto de Religión. No solo era por la nueva experiencia, sino que sentía preocupación por lo mucho que había que leer para la clase. También pensaba que me encontraría a personas mucho mayores y con más conocimiento que el que yo tenía. Sentía mucha vergüenza tan solo de pensar que me preguntarían algo que no sabría responder. Afortunadamente, gracias al apoyo de mi madre, a la maestra de la clase de Instituto y a mi antigua maestra de Seminario, me acoplé bien a la nueva clase.

 

Asistían varios misioneros retornados, y me fue un poco complicado mantener el ritmo de su aprendizaje. ¡Cuán sabias fueron las palabras de mi madre! Ella me decía que no lo viera como un obstáculo, sino más bien como una oportunidad.

 

Las clases se tornaron muy interesantes. Era muy emocionante para mí aprender la doctrina de manera más profunda y amplia, pero lo que más me gustaba era poder sentir el Espíritu tan fuertemente. Comprendí que todos somos de linaje real, y aprendí a no sentir pena ni temor de ser quien soy.

 

Poco a poco desarrollé una percepción diferente. Al mismo tiempo, desarrollé también gratitud y sensibilidad por los esfuerzos y experiencias de los profetas para preservar los registros, de manera que hoy podamos tener las Escrituras.

 

Últimamente el sistema de clases se modificó por la pandemia. Me costó un poco adaptarme a las clases virtuales. Extraño la convivencia con mis compañeros de clase. Me gustan mucho las clases presenciales, pues yo soy de las personas que toman notas de todo lo que los maestros escriben en la pizarra.

 

Ahora, es una experiencia diferente, pero igual se aprende. La convivencia continúa y se siente fuerte el Espíritu aun sin estar físicamente presentes. La obra del Señor avanza, y Él nos dará los medios para seguir aprendiendo.

 

Tal vez no todos podamos conectarnos a estas clases de manera virtual, ya sea por falta de internet o de dispositivos. O también pasa que justamente a mitad de la clase perdemos la señal de Internet. Una de las tantas cosas que mi madre me enseñó es que debemos ver el lado bueno de las cosas, aunque a veces sea complicado.

 

Lo positivo de toda esta situación, como lo han dicho en varias conferencias generales, es que nuestra conexión con los cielos depende de nosotros mismos.

 

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