El milagro de la ministración

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El presidente Roberto García relata cómo logró mantener activos a los jóvenes de la Rama Waspán. Photo credit: Roberto García

Al ministrar nos convertimos en las manos del Salvador y podemos ver milagros en nuestras vidas y en las de los que ministramos.


Ministrar a nuestros jóvenes en la rama ha sido una gran bendición para mí. Hace cuatro años teníamos una asistencia regular de dos hombres jóvenes y cuatro mujeres jóvenes.

 

El desafío fue buscar a los jóvenes menos activos. Visitamos los hogares de cada uno y nos dimos cuenta de los múltiples desafíos que tenían. Los desafíos más comunes eran que sus padres no eran miembros, la falta de dirección espiritual y no tener el hábito de asistir a la Iglesia. Hablamos con sus padres y con los jóvenes, los invitamos a las actividades, les enseñamos los principios del Evangelio para poder hacer un cambio en sus vidas. Al final del primer año tuvimos 19 jóvenes asistiendo regularmente a la Iglesia.

 

Para mantener su entusiasmo e interés, realizamos viajes al templo que ha sido un recurso muy valioso. Al inicio fueron nueve jóvenes, luego precisamente antes del inicio de la pandemia fueron quince jóvenes. Las actividades de servicio ayudaron para que desarrollaran amor hacia sus semejantes y las actividades de recreación fueron una ayuda para la socialización y la formación de lazos de amistad.

 

La pandemia fue una época especial. Nos percatamos que sería un desafío para los jóvenes no poder asistir a la capilla y a las actividades. En el consejo de la rama realizamos un plan de actividades virtuales para ellos: se crearon grupos en las redes sociales donde se impartieron las clases dominicales, las clases de seminario, se enviaron videos motivacionales de las autoridades generales, afiches y fotografías de ellos mismos.

 

Para poder administrar la Santa Cena en los hogares donde era necesario, necesitábamos el permiso de los padres de los hombres jóvenes. Para nuestra sorpresa no fue difícil. Organizamos a siete poseedores del sacerdocio aarónico acompañados por sus líderes para llevar la Santa Cena a los hogares donde no hubiera un poseedor del sacerdocio. Mientras estuvimos en cuarentena, cada domingo salieron armados de mucha fe, mascarillas y guantes para ministrar en los hogares de los miembros.

 

La fe de los jóvenes se fortaleció, ya que además de ministrar a las familias, predicaron el Evangelio. El gozo fue tan grande en varios de ellos que decidieron servir una misión.

 

Después de tres años los logros alcanzados han sido inmensos, hemos tenido hasta 18 jóvenes en seminario, nueve de ellos ya se graduaron. La Santa Cena es administrada totalmente por jóvenes del sacerdocio aarónico. Tenemos cuatro misioneros de tiempo completo, dos hombres y dos mujeres. Esperamos que tres jóvenes más salgan a la misión a final del año.

 

Mi testimonio se ha fortalecido al ver el cambio de los jóvenes y sus familias al mostrar amor por ellos, ministrarlos, ayudarlos, estar cerca, aprender de sus desafíos, conocer sus expectativas y deseos. El ayudarlos individualmente, hizo crecer en mí un amor especial hacia ellos. Agradezco a mi familia y a los líderes por unirnos en esta tarea; al sentir su apoyo y amor, me lleno de satisfacción y ánimo de seguir en esta obra.

 

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