“...Él os bendice inmediatamente” 

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La hermana Lourdes Gomez y sus hijos, Alberto y René Fernando Photo credit: Lourdes Gómez

Testifico que se abren las ventanas de los cielos y sobreabundan las bendiciones, como la salud, la habilidad para administrar los recursos, la revelación personal, el trabajo, la felicidad y muchas más que no alcanzamos a ver, sino que con el ojo de la fe.


La primera vez que las misioneras me enseñaron sobre la Ley del Diezmo, pregunté dos cosas: para qué los usaban y si daban un recibo. Obtuve una respuesta de ellas y, sobre todo, la confirmación del Espíritu sobre la veracidad de este principio. Fui bautizada hace cuarenta y dos años y desde entonces, este mandamiento forma parte de mi ser, es respirar.

 

Como familia, hemos vivido muchísimos milagros por obedecerlo fielmente, son experiencias tan sagradas que casi no las contamos, pero en esta ocasión deseo compartir una muy especial. Cuando sucedió, éramos una pequeña familia de tres, mis dos hijos y yo.

 

Fue hace 11 años, Alberto, el menor, estaba para graduarse de ingeniero industrial, en la universidad. Faltando seis meses, hice las cuentas para saber cuánto dinero íbamos a necesitar para cubrir las colegiaturas de esos meses, más todos los gastos de graduación. Debido a las normas de la universidad, Alberto se graduaría el siguiente año, pero yo deseaba que fuera en diciembre ya que nos economizaríamos el pago de matrícula del año siguiente.

 

En consejo familiar acordamos que Alberto se dedicara completamente a finalizar sus estudios y mi hijo mayor, René Fernando, y yo nos encargaríamos de cubrir los gastos. Yo no tenía un empleo fijo entonces, excepto algunas tutorías privadas a niños de primaria, pero pronto iba a terminar el ciclo escolar.

 

Oraba fervientemente para tener más ingresos y mis oraciones fueron contestadas. Primero, en septiembre, una empresa nos contactó para proponernos la traducción de un libro sobre el uso de aceites esenciales y sus beneficios. Aceptamos el trabajo, nos comprometimos a entregarlo a finales de noviembre. Era una tarea titánica para mí, no domino el inglés al cien por ciento, menos aún los términos de medicina. Mientras esperábamos el material para traducir, otra empresa nos buscó para tabular una encuesta, el cual aceptamos gustosamente.

 

No tengo duda que el Señor me dio la fuerza física, la claridad mental, la habilidad para administrar el tiempo y quitó todos los obstáculos para que pudiera terminar esos dos trabajos, especialmente la traducción del libro. Además de esto, continué con las tutorías un mes más y cumplía con mi llamamiento como presidenta de la Sociedad de Socorro de mi barrio.

 

Terminé la traducción a finales de noviembre, según lo acordado. Fue algo increíble, hasta nos dio tiempo para revisar el trabajo minuciosamente. Los pagos finales de la universidad y demás gastos los hicimos con la tarjeta de crédito, con fe que, en su momento, recibiríamos el pago de la traducción.

 

¡El Señor no esperó para bendecirnos! Alberto obtuvo empleo, dos días después de cerrar pensum. A los tres días de haber iniciado su trabajo, lo contactaron de la universidad para informarle que tendría el examen privado de tesis al día siguiente y ese mismo día le pidieron toda la documentación para la graduación… ¡en diciembre!

 

Terminó diciembre, sin tener noticias del pago, justo el primer día hábil de enero lo recibimos. A tiempo para cancelar totalmente lo adeudado en la tarjeta. ¿Sobró algo de dinero? Pues sí, después de pagar los diezmos y la cuenta de la tarjeta… teníamos lo suficiente para disfrutar de una deliciosa y merecida hamburguesa.

 

Durante mi vida como miembro de la Iglesia, he recibido innumerables bendiciones como consecuencia de obedecer la Ley del Diezmo, esta experiencia es solo una de ellas.

 

Como dice la escritura en Malaquías 3:10: “Traed todos los diezmos al alfolí, y haya alimento en mi casa; y probadme ahora en esto, dice Jehová de los ejércitos, si no os abriré las ventanas de los cielos y derramaré sobre vosotros bendición hasta que sobreabunde”.

 

Testifico que es verdad que se abren las ventanas de los cielos y sobreabundan las bendiciones, como la salud, la habilidad para administrar los recursos, la revelación personal, el trabajo, la felicidad y muchas más que no alcanzamos a ver, sino que con el ojo de la fe. El Señor nos ama y nos conoce personalmente, y puedo testificar que he vivido en carne propia la escritura en Mosiah 2:24: “…él requiere que hagáis lo que os ha mandado; y si lo hacéis, él os bendice inmediatamente”.

 

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