El Seminario, una oportunidad de ministrar

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Priscilla Valverde, maestra de seminario de clases virtuales, cuenta sobre el sentimiento de paz que tuvo al sentir que no estaba sola en la responsabilidad de enseñar.

“El propósito de un maestro es ayudar a los jóvenes a entender y confiar en las enseñanzas y en la expiación de Jesucristo, a hacerse merecedores de las bendiciones del templo y a prepararse ellos mismos, a su familia y a los demás para la vida eterna con su Padre Celestial” - La enseñanza y el aprendizaje del Evangelio: Manual para maestros y líderes de Seminarios e Institutos de Religión, 2011.


He sido maestra de seminario en la estaca Los Yoses, en Costa Rica, durante cuatro años, y aunque tengo claro mi propósito de ayudar a los jóvenes a entender y confiar en las enseñanzas de Jesucristo, entiendo que cada grupo es diferente y cada año constituye un nuevo desafío.

 

Nuestras clases se impartían por la mañana, y debido a ciertas circunstancias se cambió a la forma supervisada; por lo que, el grupo de estudiantes, conformado por conversos y alumnos de primer ingreso, se convirtió en un reto. Nada era como lo había visualizado, a medida que los días pasaban, yo sentía que no lograba crear una conexión maestro-alumno. La limitante del tiempo de interacción, reducía las oportunidades de establecer la relación que deseaba. Preparaba las guías y tareas que los estudiantes completaban. Empecé a contactarlos más a menudo y aprovechaba los domingos en la Iglesia para platicar con ellos. Cuando las cosas parecían mejorar, la pandemia del COVID-19 nos alejó de los centros de reuniones. ¡Me sentí frustrada al ver cómo se interrumpía el progreso alcanzado!

 

Una preocupación sincera

Los cambios trajeron preocupaciones adicionales, pensaba: ¿Cómo los alumnos lograrían sentir el Espíritu Santo? ¿Podrían obtener la fortaleza para tomar las mejores decisiones? Temía que al estar lejos físicamente de la Iglesia, también se alejaran del Evangelio. En casa conocían mi preocupación, mi esposo e hijos me apoyaron uniendo sus oraciones a favor de los jóvenes. Por mi parte, tenía todo el contacto posible con ellos, a través de mensajes de texto, llamadas, video llamadas, etc. Ellos cumplían sus tareas y enviaban fotos, pero sentía que algo faltaba. El ayuno y la oración se convirtieron en mis mejores aliados en mi afán de ser un instrumento eficaz a fin de ayudar a los jóvenes a venir a Cristo.

 

Orar confiando que Dios sabe lo mejor

Una noche, pensando en qué más podía hacer para que mis alumnos sintieran el amor que yo les tenía, oré expresando al Padre estos deseos de mi corazón. Sabía sin ninguna duda, que Él me había llamado y confiaba en que Él me ayudaría. Rogué para saber con certeza que ellos estaban aprendiendo, para que tuvieran experiencias espirituales edificantes, que su testimonio fuese firme, y que, a pesar de las dificultades, ellos pudiesen reconocer la mano de Dios en sus vidas.

 

Mientras suplicaba por misericordia, un sentimiento de paz me cubrió, pude sentir que no estaba sola en esta responsabilidad. Recibí la respuesta que el Padre conoce mi corazón y que Sus tiempos son perfectos. A pesar de no entenderlo todo, terminé mi oración, dejando en Sus sabias manos la situación y me puse a trabajar en las cosas que sí estaban a mi alcance.

 

Semanas después de mi oración, seguí constante en mis esfuerzos, y vino la anhelada respuesta por medio de la revelación moderna. Seminarios e Institutos de la Iglesia nos informó que, como clase, participaríamos en un plan piloto para la enseñanza en línea. Una forma distinta a conectarse por una video llamada. El SeI ha desarrollado una plataforma en la cual los alumnos realizan una apertura personal, estudian las escrituras, reciben su clase, escriben sus respuestas y testimonios, desarrollan actividades y además aprenden fácilmente a emplear la tecnología.

 

En Costa Rica seríamos la primera clase en unirnos a esta plataforma. Platiqué con los alumnos y los padres acerca de esta grandiosa oportunidad. Recibí el apoyo y compromiso de todos, y entonces pude sentir que los cielos derramaban la misericordia que tanto había buscado.

 

Una experiencia significativa

Al avanzar en esta nueva experiencia, me di cuenta que mis preocupaciones desaparecían al revisar tareas y leer los comentarios y opiniones, mi corazón se enterneció. Las reuniones se tornaron más significativas, sus palabras irradiaban seguridad y luz, sus testimonios crecían y su relación con el Señor se volvía más personal. Nuestras mentes se llenaban de luz, y en los corazones se grababan principios correctos. Ahora puedo notar cómo han madurado, en pocos meses, en su comprensión espiritual. Aunque los edificios de la Iglesia estén cerrados, el Evangelio está cada vez más cerca de ellos.

 

La clave es ministrar uno por uno

Al observar su progreso, recuerdo las oraciones que hacía por cada uno de ellos por nombre. En las escrituras aprendemos que Jesucristo enseñaba a multitudes, pero invitaba en forma personal. Él se preocupó por el individuo, y los ministró de acuerdo a sus necesidades personales. Para mí, personalmente, el seminario es más que presentar una tarea, es afianzar la fe en Jesucristo, es una oportunidad de ministrar.

 

El Señor me ha mostrado las maravillas que obra por pequeños medios. He reafirmado que el Padre conoce a Sus hijos y que nos ayuda a crecer. Yo buscaba la misericordia y como respuesta pude sentir que Él me ministró ofreciendo Su amor, para que yo al sentirlo, a la vez, también pudiera ministrar a mis alumnos uno por uno.

 

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