Fortalece a tus hermanos

i
La familia Ixcot Méndez obtuvo un testimonio de ministrar al animar corazones y expresar palabras de amor.

Cuando fortalecemos a otros por medio del servicio y la ministración, aún en circunstancias adversas, crecemos espiritualmente y llegamos a ser verdaderos discípulos de Jesucristo.


En nuestro estudio dominical del Libro de Mormón aprendimos como familia que tanto el pueblo de Alma como el de Limhi, al estar bajo la servidumbre lamanita “...se humillaron hasta lo más profundo de la humildad y clamaron fuertemente a Dios...”. (Mosiah 21:14), y el Señor respondió a sus oraciones dándoles fortaleza para que ellos pudieran soportar alegre y pacientemente la voluntad del Señor, al continuar nuestro estudio concluimos que esto fue posible mediante la obediencia al mandato que les fue dado de velar los unos por los otros en todo momento y circunstancia.

 

Al finalizar nuestra reunión, uno de nuestros hijos mayores indicó que debíamos poner en práctica esos principios aprendidos, a fin de que el Señor pudiera librarnos de esta “servidumbre”. Mi esposa Claudia tuvo el sentimiento de preparar tarjetas que contenían escrituras y palabras de ánimo para compartir con nuestras familias asignadas a ministrar, además pensamos incluir a viudas, viudos, madres solas, esposos mayores, y otras familias de nuestro barrio.

 

Debido al toque de queda que iniciaba a las 6:00 p.m., previmos llegar al hogar de los hermanos y familias, saludarles, estando ellos en su balcón o ventana y dejar bajo su puerta la tarjeta. Antes de salir explicamos a nuestros hijos lo que realizaríamos; que siguiendo las indicaciones de las autoridades no nos bajaríamos del vehículo y que al estar frente a sus hogares les saludaríamos efusivamente.

 

Al llegar al hogar de nuestros hermanos; ellos desde su ventana, su balcón o desde su parqueo y nosotros desde nuestro vehículo nos saludábamos agitando de un lado a otro nuestras manos; junto a nuestros pequeños exclamábamos: “Ánimo hermanos” “los amamos”, “estamos para servirles”. Las palabras, saludos y exclamaciones fueron recíprocos y luego les dejábamos la tarjeta.

 

Se animaron los corazones -tanto los de ellos como los nuestros-, se expresaron palabras sinceras de amor, se derramaron lágrimas de gozo en ambos lados y todos los espíritus fueron llenos.

 

En nuestra noche de hogar, ese mismo día expresamos nuestro agradecimiento al Señor en oración por habernos guiado a esos hogares. “Y dieron gracias a Dios, sí, todos sus hombres, y todas sus mujeres y todos sus niños que podían hablar elevaron sus voces en alabanza a su Dios”. (Mosiah 24:22).

 

Aun cuando las condiciones en la mayor parte del mundo no han cambiado totalmente y los efectos de la pandemia del Covid-19 estarán presentes un tiempo más; los efectos espirituales en nuestros corazones sí pueden ser diferentes y podemos fortalecer a otros por medio de nuestra diligencia en servir y animar a nuestros hermanos. Tal y como lo enseñó el élder Dale G. Renlund del Cuórum de los Doce Apóstoles, nosotros también podemos preguntarnos: “¿Cómo podemos mejorar? ¿Cómo podemos bendecir a nuestro pueblo?... ¿Aprenderemos lo que necesitamos aprender?” (The Church News, 22 de mayo de 2020). Testificamos como familia que eso es posible y que como padres podemos enseñarlo a nuestros hijos tanto por el precepto, pero sobre todo con nuestro ejemplo.

 

Al regresar a casa esa tarde, nuestra cuarta niña Belén me hizo la siguiente pregunta: “Papá, ¿eso que hicimos hoy es ministrar?”. Le respondí afirmativamente, a lo cual me dijo: “Ah, por eso es que se sintió muy bonito”.

 

Artículos relacionados: