La lección que aprendí mientras traducía al español para la hermana Bingham

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Sergio, Karla y su hijo Jared son de San Pedro Sula, Honduras, y vivieron una experiencia espiritual durante la visita de ministración de la hermana Jean B. Bingham, presidenta general de la Sociedad de Socorro, al país.

Mi hijo de dos años lloraba para que lo cargara, mientras yo solo podía pensar en cómo hacerlo dormir para poder servir como traductora para la hermana Jean B. Bingham en su visita de ministración a Honduras.


Aunque soy una madre que trabaja, paso bastante tiempo con Jared, mi hijo de dos años, aun mientras sirvo en los llamamientos de la Iglesia. En su primera semana de nacido, lo llevé conmigo por primera vez a la reunión de Pathway. Ahora me ayuda a repartir dulces entre mis alumnos del curso de EnglishConnect, y está a mi lado mientras hago anotaciones de los discursos en las conferencias de barrio y de estaca.

 

Recibí la asignación para servir como intérprete para la hermana Jean B. Bingham, presidenta general de la Sociedad de Socorro, en su visita a Honduras, en noviembre de 2019. Desde ese momento, me preocupé por Jared.

 

Esta sería una asignación en la que no podría tenerlo a mi lado, como de costumbre.

 

De acuerdo con mis planes, mi esposo cuidaría de Jared esa noche. Sin embargo, necesitaba encontrar a alguien que lo cuidara esa tarde también.

 

Para esta asignación yo debería estar totalmente concentrada en atender las reuniones. Afortunadamente, encontré a una joven que me apoyaría para cuidarlo en el centro de estaca desde las 12:30, para que yo pudiera presentarme puntualmente a mi asignación.

 

Tomé el día libre en el trabajo, pero tuve que atender una reunión virtual de Pathway por la mañana. Así que el día comenzó con una frenética carrera para que Jared y yo estuviéramos listos al mediodía.

 

Cuando llegué al centro de estaca, Jared no paraba de llorar. Mientras yo bajaba la maleta, la comida y los juguetes del carro, él me pedía que lo cargara. Me sentía abrumada; él necesitaba una siesta y yo necesitaba paz.

 

Mientras lo mecía para dormirlo, me di cuenta de que había olvidado la almohada y sería muy difícil acomodarlo al acostarlo. Faltaban 15 minutos para la primera reunión, y yo tenía que ingeniarme cómo dejarlo bien acomodado y dormido. Se durmió sobre mi brazo, y cuando intentaba moverme, él me apretaba con sus manitas.

 

Después de hacer todo lo que pude, decidí hacer una oración. Desde lo más profundo de mi corazón, pedí que Jared se durmiera profundamente, para que pudiera yo dejarlo, concentrarme, y servir en la asignación.

 

Vi los cielos abrirse para mí esa tarde. Las bendiciones que necesitaba en ese momento llegaron. Pude dejarlo con la jovencita que tan amablemente me ayudó esa tarde, y tuve unos minutos para prepararme antes de recibir a la hermana Bingham.

 

Durante la primera reunión estaba nerviosa. Pensaba en Jared, en que despertaría y se encontraría con una persona desconocida. Temía que todo se pudiera complicar y que yo tendría que salir de la reunión para ayudarla.

 

Mientras esos pensamientos ocupaban mi mente, una hermana preguntó a la hermana Bingham cómo había encontrado el equilibrio entre su llamamiento y su familia.

 

Ella respondió que ahora eso no era un problema, ya que todos sus hijos son mayores y ya no viven en casa. Pero cuando era una madre joven y tenía hijos pequeños, los llevaba a todas sus asignaciones. Si visitaba a alguien, iba con sus hijos. Si tenía reunión de presidencia, se hacía en su casa, para que sus hijos y los de las consejeras pudieran jugar.

 

Mientras la escuchaba, sentía que hablaba de mí. Lo más especial fue cuando mencionó que al verla servir, sus pequeños hijos sabrían que ella estaba sirviendo al Señor y les demostraría su amor por el Salvador. Ella lloraba mientras hablaba, yo lloraba mientras traducía y todas en ese salón sentimos el Espíritu Santo.

 

Mi hijo despertó de su siesta y tuvo una divertida tarde. En ningún momento me necesitaron, y mi esposo se hizo cargo al salir del trabajo.

 

Admiro la energía de las líderes generales de la Iglesia y la espiritualidad que irradian. Cuando llegué a casa, mi esposo me dijo que mi rostro brillaba. Sé que el Espíritu estuvo conmigo y que Dios había dado respuesta a mi petición.

 

Ese día pude sentir que el Padre Celestial reconoce mis esfuerzos y los de todas Sus amadas hijas. Servir cuando tenemos pequeños a nuestros hijos no tiene que ser solo un sacrificio, sino una bendición.