La ley divina del diezmo

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El pago de los diezmos es un principio de fe y no de inversión financiera.

Nuestro Salvador enseñó con poder y autoridad cada principio que nos conduciría a la salvación y a la exaltación.  En una ocasión en el templo, con la intención de desacreditarlo delante de sus discípulos, un sacerdote del Sanedrín con mala intención le preguntó, “Maestro, ¿cuál es el gran mandamiento de la ley?” (Mateo 22:36). Y Él respondió: “Amarás, pues, al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente y con todas tus fuerzas; éste es el principal mandamiento.

“Y el segundo es semejante a éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No hay otro mandamiento mayor que éstos” (Marcos 12:30-31). 

Cristo enseñó de la importancia de hacer ambas cosas para ser como Dios y Él. 

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En otra ocasión, “uno, acercándose, le dijo: Maestro bueno, ¿qué bien haré para tener la vida eterna?

“Y él le dijo: . . . si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos. 

“Le dijo: Todo esto lo he guardado desde mi juventud. ¿Qué más me falta? 

Le dijo Jesús: Si quieres ser perfecto, anda, vende lo que tienes y da a los pobres, y tendrás tesoro en el cielo; y ven, sígueme.

“Y al oír el joven esta palabra, se fue triste, porque tenía muchas posesiones” (Mateo 19: 16–17, 20-22). 

Las enseñanzas de Cristo enfatizan que los bienes materiales también deben ayudarnos a lograr los mismos propósitos: Edificar el reino de Dios y bendecir a nuestro prójimo, por lo que queda claro que la abundancia o la escasez del dinero no deben ser un obstáculo para lograrlo.  Jacob enseño claramente:  “Y después de haber logrado una esperanza en Cristo obtendréis riquezas, si las buscáis; y las buscaréis con el fin de hacer bien: para vestir al desnudo, alimentar al hambriento, libertar al cautivo y suministrar auxilio al enfermo y al afligido” (Jacob 2:19).

Vivimos de prisa para obtener todas las cosas materiales e intelectuales que la vida moderna requiere; el afán de ganar todo que se pueda para proveernos de los recursos necesarios, y hasta los innecesarios, consume nuestra vida.  Deliberadamente ponemos a Dios y nuestro prójimo fuera de nuestra esfera de amor y servicio. Nuestra naturaleza terrenal nos empuja a pensar primero en nuestro bienestar personal, y parece que es fácil olvidar los mandamientos y promesas dados por un amoroso Padre Celestial; nos afanamos por autosatisfacernos.  No nos damos tiempo para hacer visitas, servir en la Iglesia y la comunidad o a nuestros vecinos; no tenemos tiempo para escuchar sus penas. Ni siquiera nos damos el tiempo para meditar nuestras metas o ideales. Nuestro afán de rodearnos de bienes o la abundancia de ellos nos impide pensar  y sentir que siempre habrá otros más pobres, enfermos o afligidos que nosotros. Nuestro espíritu empieza a flaquear y a perder propósito y queda débil y vulnerable ante las pruebas de la vida y las tentaciones del gran impostor. 

Existe gran fortaleza espiritual en aquellos que sí se acuerdan de los mandamientos y enseñanzas de Cristo, porque desarrollan un testimonio convincente al comprender con claridad que las leyes financieras del Señor están ligadas a estos dos grandes mandamientos. Con el pago de los diezmos mostramos nuestro amor a Dios por sobre todas las cosas, mientras que nuestra convicción de servir a nuestro prójimo aún sin conocerlo la desarrollamos a través del pago generoso de ofrendas. 

Se nos ha enseñado desde la restauración de la Iglesia en 1830 que el pago de los diezmos es un principio de fe.  Pagamos sin tener una evidencia o prueba de que recibiremos alguna recompensa; aunque existe la promesa de que sucederá, no sabemos cómo ni cuándo.  Se nos promete que si pagamos constantemente nuestros diezmos recibiremos, en bendiciones, más de lo que damos.  La promesa es correcta, pero la bendición no es automática. De ser así nadie necesitaría ejercer fe, pues las bendiciones inmediatas nos darían un conocimiento certero. 

El pago de los diezmos es un principio de fe y no de inversión financiera.  La plenitud de las bendiciones por el pago del diezmo se recibe a lo largo del tiempo; son el producto de una obediencia constante a través de pruebas y adversidad. El pago de los diezmos desarrolla una mejor relación con Dios, y ello refina y purifica nuestro espíritu; aumenta nuestra comprensión de su doctrina; nos llena de gratitud, seguridad, paz mental, espiritual, y física; nos permite ayudar a edificar el reino de Dios sobre la tierra; y nos provee protección desde el cielo.  En resumen, las bendiciones de la ley del diezmo sobrepasan nuestra comprensión humana.

Cristo personalmente nos promete: 

“Abriré las ventanas de los cielos y derramaré sobre vosotros bendiciones hasta que sobreabunde.

“Reprenderé tambien por vosotros al devorador, y no os destruirá el fruto de la tierra . . .

“Y todas las naciones os llamarán bienaventurados, porque seréis tierra deseable, . . .

“Y serán especial tesoro para mí, . . . ; y los perdonaré, . . .

especial tesoro

“ . . . y discerniréis la diferencia . . . , entre el que sirve a Dios y el que no le sirve” (Malaquías 3:10-12, 17-18; cursiva agregada).

¿Le parecen pocas o insignificantes estas promesas?  ¿Cuándo empezará a experimentarlas?  Los fieles hijos de Dios que pagan diezmos íntegros permanentemente ya lo han experimentado.  Se lo testifico en el nombre de quien dio las promesas, ¡Jesucristo mismo!