Nuestras experiencias como misioneras de barrio en Nicaragua

Imagen
Las hermanas Ivania López (madre) y Jessenia Ramírez (hija) fueron llamadas a servir como misioneras del Barrio René Polanco en Nicaragua. Fotos cortesía de Jessenia Ramírez.

Nosotras (madre e hija) hemos prestado servicio misional en nuestra propia unidad, desde 2018. Con la guía del Espíritu Santo, llegamos a cinco personas que ansiaban realizar la ordenanza del bautismo. Nuestra experiencia nos enseña que Dios prepara el camino para que cumplamos con lo que nos ha mandado.


Cuando fuimos llamadas a servir como misioneras de barrio, no entendíamos que nos estaban haciendo partícipes de una de las obras más maravillosas de la Restauración: la de enseñar el evangelio de Jesucristo a los hijos de Dios en nuestra propia comunidad.

En el país nos quedamos sin misioneros de tiempo completo en 2018, así que a los miembros se nos invitó a participar en el servicio misional. La obra no podía quedar estancada, y como madre e hija se nos llamó y apartó para formar un compañerismo.

Después de una semana de tener el llamamiento, asistimos a una capacitación con el presidente de misión, Sergio Poncio. Mientras escuchábamos su mensaje, entendimos que la obra misional en el barrio estaría bajo nuestra responsabilidad. El compromiso era fuerte y decidimos trabajar con todas nuestras fuerzas.

Fue sorprendente que mientras estábamos en la capacitación empezamos a sentir las impresiones del Espíritu, que nos indicaba cómo proceder. Lo primero que hicimos al llegar a casa fue orar, para hablar con el Señor y pedir su guía. Queríamos llegar a sus elegidos y Él nos escuchó.

En nuestra primera reunión con el obispo, recibimos la referencia de dos jovencitas que estaban listas para el bautismo. Los misioneros de tiempo completo en algún momento les habían dado las lecciones, pero quedaba pendiente la ordenanza.

Aunque parecía fácil, el camino para cumplir con el llamamiento tuvo obstáculos. Como decía Lehí, es necesario que haya oposición en todas las cosas (2 Nefi 2:11). Una de las jovencitas deseaba entrar a las aguas del bautismo, pero sus padres no concedían el permiso. La otra, en cambio, no deseaba hacerlo y nos pidió que no la buscáramos más. Así empezamos nuestro servicio misional de barrio.

Estábamos desorientadas. No sabíamos a dónde ir. Sin embargo, podemos decir que el Espíritu siempre estuvo con nosotras. En medio de la incertidumbre, nos vimos a los ojos, y como si nos hubiéramos hablado con el pensamiento, las dos sentimos que debíamos ir con la presidenta de la Sociedad de Socorro del barrio.

Al hablar con ella nuestro ánimo se recobró. Nos recibió contenta porque tenía una referencia para nosotras. Su tío, Óscar Blas, de 50 años, había esperado con ansias el mensaje del Evangelio. No podemos olvidar que cuando nos vio por primera vez, nos dijo: “Hermanas, las he estado esperando. Quiero bautizarme”.

Él ya había recibido casi todas las lecciones y aunque no había logrado dejar el café, pusimos una meta, repasamos las lecciones y en poco tiempo teníamos su fecha para el bautismo.

Una cadena de milagros

Nuestras experiencias como misioneras han sido hermosas. Un domingo, un hombre joven nos refirió a Byron, uno de sus amigos de 13 años, que ya llevaba dos domingos de asistir a la Iglesia.

A Byron no le permitían recibir las lecciones en su casa, así que logramos el permiso para hacerlo en la capilla. Él estaba muy interesado y acudía puntual a las citas.

En una ocasión todos estábamos presentes, pero no había llaves para abrir el edificio. Fuimos a la casa de una hermana para pedir ayuda, pero nadie nos abrió. Ese día aprendimos que no puede haber interrupciones en la obra de Salvación. Compartimos la lección sentados bajo un árbol. Hicimos la invitación al bautismo y Byron aceptó.

Nosotras no entendíamos los designios del Señor, pero el haber enseñado bajo ese árbol nos permitió acercarnos a otro de sus hijos.

La hermana a la que habíamos ido a buscar sí estaba en casa, pero no había escuchado cuando tocamos su puerta. Casualmente salió y nos vio en el suelo. Se sorprendió de que estuviéramos enseñando de esa forma, pero al enterarse de que éramos las misioneras de barrio nos dijo que su nieto, Néstor, quería bautizarse. Ese mismo día, pero ya en la capilla, otra hermana nos buscó para preguntar qué podía hacer porque su nieta Ericka también quería hacerlo.

Empezamos en nuestros llamamientos sin saber qué nos íbamos a encontrar y de repente estábamos enseñando a cuatro personas y todas querían bautizarse y ser miembros de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días.

Las bendiciones sobreabundaron. Otra hermana nos refirió a una jovencita a la que solo le faltaban dos lecciones preparatorias y que también quería bautizarse.

Los cuatro jovencitos estaban listos para entrar a las aguas del bautismo y lo hicieron junto a Óscar el 25 de agosto de 2018. Fue un gran desafío buscar la ropa blanca, limpiar la capilla y prepararla. Pero nada se compara con la satisfacción de haber visto cuando cada uno de estos hijos de Dios salía de su entrevista sonriente, con el dedo pulgar hacia arriba en señal de que todo estaba bien y que podrían cumplir con la ordenanza salvadora.

No tenemos palabras para expresar la felicidad que sentimos. Durante la reunión bautismal hubo muchas lágrimas de emoción al ver este milagro. Sabemos que Dios guió nuestros pasos para cumplir con su obra. Seguimos viendo milagros y también enfrentando desafíos. Pero en todo momento, el Señor nos guía.

Nunca imaginamos que podríamos servir juntas, como madre e hija. Ha sido una oportunidad maravillosa; nos hemos fortalecido y hemos aprendido de la dedicación y el amor que cada una muestra a la obra misional.

Sabemos de la verdad de este Evangelio, que fue restaurado. Reconocemos el amor de Dios por sus hijos y testificamos de Russell M. Nelson, como el profeta de Jesucristo en la actualidad. Y confirmamos, a través de nuestra experiencia, que todo miembro sí puede ser un misionero.