Para que las ventanas de los cielos estén abiertas

Crecí aprendiendo los principios del Evangelio en la Primaria, las Mujeres Jóvenes, Seminario y sigo disfrutando de las enseñanzas en la Sociedad de Socorro. Crecí teniendo buenos ejemplos de mi abuelo y tíos con quienes yo vivía, así que no era difícil para mí pagar el diezmo. Recuerdo que mi primera experiencia fue a los 12 años. Mi tía viajaría al templo y yo cuidaría de su bebé, así que quise llevar dinero para ese viaje y trabajé en el taller de mi abuelo pintando vigas por las que recibía cincuenta centavos. En total logré reunir cincuenta lempiras y al pagar mi diezmo sentí una alegría enorme porque sabía que yo me lo había ganado y estaba haciendo lo correcto al pagarlo.

Al mismo tiempo me hacía preguntas como qué pasaría si un día no lo pagara. ¿Qué pensará el Señor de mí si no lo hago? ¿Las ventanas de los cielos se cerrarían para mí? Pensaba muchas cosas por curiosidad, pero meditaba siempre la escritura de Malaquías: “¿Robará el hombre a Dios?” Y claro, siempre decimos: qué podemos robarle nosotros a Dios que todo lo tiene, pero Él con amor nos enseña, aconseja e invita a: “Traed todos los diezmos al alfolí, y haya alimento en mi casa; y probadme ahora en esto, dice Jehová de los ejércitos, si no os abriré las ventanas de los cielos y derramaré sobre vosotros bendición hasta que sobreabunde” (Malaquías 3:10).

A mis 19 años comencé a trabajar y seguir obedeciendo este mandamiento, era un placer en mi corazón. A la edad de servir una misión tuve muchas lindas experiencias con mis hermanos bolivianos al enseñar el Evangelio de Jesucristo. Recuerdo en especial una experiencia que marcó mi vida y fortaleció mi testimonio en cuanto al diezmo. La hermana Juana Chocala, a quien enseñábamos, era indígena y no hablaba español. Sus lecciones eran con láminas de la Iglesia y su entender se transmitía por medio de Espíritu. Con mi compañera nos preguntábamos si realmente ella nos entendía, si progresaría a lo largo de su camino. Y el milagro ocurrió. Ella nos dio el mejor ejemplo y para muchos de aquel barrio. El primer domingo estaba ahí sola en la Iglesia aun sin comprender mucho español y en esta su primera visita ella pagó su diezmo y así fue los siguiente domingos. Una abuela que trabajaba duro en la calle, pero feliz de vender sus verduras y frutas y sobre todo por pagar y obedecer la ley del diezmo. Ella comprendió el compromiso y sabía cuáles serían sus bendiciones, ¡qué maravillosa lección para el resto de mi vida!

Tengo tres maravillosos hijos, dos de ellos ya comprenden por qué debemos pagar un diezmo y lo feliz que estará nuestro Padre Celestial si somos obedientes. En nuestro hogar nos sentimos muy agradecidos por esta ley, que nos ayuda a ver más claramente las bendiciones del Padre Celestial. Aun cuando las pruebas han venido, también las hemos visto pasar al ser obedientes y tener la confianza en el Señor “Yo, el Señor, estoy obligado cuando hacéis lo que os digo…” (D. y C. 82:10). Testifico que la ley del diezmo es enviada por Dios para levantar su reino aquí en la tierra, y que al obedecerla somos guiados en todas las cosas, tanto temporales como espirituales, seremos más felices, nos preparamos para volver a su presencia y siempre estaremos dignos de entrar en un templo y gozar de más luz y conocimiento.

La familia de Kelly J. Cerrato Irías, miembros SUD