Seguir las impresiones del Espíritu trae maravillosos cambios

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Los esposos Adrián y Sindy Ávila y sus hijos, Carlos, Emiliano y Alejandro, el día en que se sellaron como familia eterna en el Templo de la Ciudad de Guatemala.

Mientras esperaba frente a un edificio de la Iglesia para poder atravesar la calle, percibí los susurros del Espíritu Santo que me invitaban a entrar.


Hace tres años vivíamos en las afueras de la Ciudad de Guatemala. En la ruta para recoger a los niños del colegio, había un edificio de la Iglesia. Cada día, pasaba varios minutos detenida frente al edificio esperando vía libre para poder atravesar la calle.

 

Así fue como todo inició. Esos minutos me permitían contemplar la capilla y meditar. Poco a poco se hizo más fuerte el sentimiento de querer entrar. Algo dentro de mi decía: “¡Inténtalo, no esperes más! ¡Vamos, hazlo!”

 

No obstante, siempre posponía la visita. Estaba pasando por muchos desafíos económicos, y pasaba sola la mayor parte del tiempo porque mi esposo viajaba mucho. Oraba al Padre por sabiduría, por entendimiento y para poder sobrellevar esa y otras cargas. Pasaba las noches llorando afligida, pero el recuerdo del edificio de la Iglesia venía siempre a mi mente.

 

Llevábamos 11 años civilmente casados. Una noche, al regresar mi esposo de viaje, le conté sobre mi deseo de ir juntos, como familia, a esa iglesia que siempre veía de camino al colegio de los niños. Pero teníamos planes de mudanza y él sugirió esperar.

 

A fines de ese mismo año, nos mudamos al sur de la ciudad, al área de Villa Nueva. Me llené de valor y le dije a mi esposo que quería ir a la Iglesia. Él me apoyó y mi corazón se llenó de un sentimiento de paz.

 

Ese domingo nos vestimos de acuerdo con las normas de la Iglesia, yo con vestido, mi esposo con saco y mis hijos con camisa blanca y corbata. Llegamos todos como familia, y pasamos desapercibidos. Nadie sabía que éramos investigadores.

 

Creo que ese día jamás lo podré olvidar. Los hermanos fueron muy amables con nosotros. Sentía que estábamos en el lugar correcto. El obispo se acercó y nos preguntó de qué estaca veníamos. Al enterarse que era la primera vez que llegábamos, inmediatamente nos presentó con los misioneros. Cómo olvidar al élder Álvarez, de Chile, y élder Lira, de México, dos representantes de nuestro Padre Celestial. Gracias a su servicio y enseñanzas, toda mi familia se bautizó. Mi hermana menor también se unió a la Iglesia poco después.

 

Desde ese día mi vida ha cambiado. Nos sellamos como familia eterna en el templo del Señor en abril del 2019. Fue una experiencia extraordinaria.

 

Fuimos bendecidos al poder servir en llamamientos dos meses después de unirnos a la Iglesia, y aún continuamos sirviendo a nuestro Padre Celestial.

 

En estos dos años que hemos sido miembros de la Iglesia, hemos visto milagros, dentro y fuera del templo. Tengo mucha gratitud por las impresiones que recibí del Espíritu Santo en aquellos días, mientras esperaba frente a la capilla.

 

Ahora me doy cuenta de que, cuando permitimos que nuestro espíritu sea sensible a Sus impresiones, abrimos el camino a la revelación personal. Seguir las indicaciones del Espíritu ha traído enormes bendiciones a mi familia.

 

Todos los días le doy gracias a mi Padre Celestial por Su amor. También estoy agradecida por la expiación de Jesucristo, por la revelación personal y por tener un espíritu sensible que me permitió guiar a mi familia. Amo este Evangelio y sé que es verdadero.

 

Sé que el Libro de Mormón es una guía para nuestras vidas y sé que, si lo leemos constantemente, tendremos impresiones espirituales que reforzarán nuestra fe y ganaremos la batalla día con día.

 

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