Seminario y las escrituras me ayudaron a entender el amor de Dios y Jesucristo

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    “Nunca hubiera conocido la fuerza de mi fe, si no hubiera sido puesta a prueba”, afirma Ester Galilea Alemán Amaya. Fotografía por Lorena de Alemán.

    Uno de mis relatos favoritos del Nuevo Testamento es la historia de la mujer con flujo de sangre que fue sanada cuando tocó el manto de Jesús. Cuando leí el relato, entendí que al igual que esa mujer, yo también pude ser sanada por fe.


    Empecé a estudiar seminario en 2019, cuando tenía 14 años. Siempre quise participar de este programa porque sabía que me ayudaría a fortalecer mi fe y testimonio. Luego de un año de clases, puedo decir que obtuve eso y mucho más.

     

    Cuando supe que estudiaríamos Doctrina y Convenios, recordé lo que enseñó el élder Richard G. Scott: “El conocimiento que se archive cuidadosamente estará siempre disponible en momentos de necesidad. Debes mantener en un rincón sagrado de tu ser los datos que sean espiritualmente íntimos, un lugar que le comunique al Señor el valor que le das. Esa costumbre hará posible que recibas más luz” (“Cómo adquirir conocimiento espiritual”).

     

    A mediados de año, empezamos a estudiar el Nuevo Testamento. Descubrí un relato que me tocó el corazón y que me hizo comprender el poder de la expiación de Jesucristo, la fuerza de la fe y el amor que Él y nuestro Padre Celestial sienten por Sus hijos. En el capítulo ocho del libro de Lucas se encuentra la historia de la mujer con flujo de sangre que fue sanada cuando tocó el manto de Jesús (véase Lucas 8:43–48).

     

    Yo tengo una experiencia parecida a la de ella. Cuando tenía nueve años, fui diagnosticada con una enfermedad que inflama los músculos y la piel. Afortunadamente me la detectaron antes que pudiera afectarme el corazón. Desde que supe esto, me refugié en las escrituras para encontrar consuelo, lo que me ayudó a tener fortaleza en medio de esa prueba de fe.

     

    Los líderes de la Iglesia han recomendado tener un momento especial con el Señor al leer Su palabra, así que todos los días desde que tengo nueve años dedico una hora para leer un capítulo del Libro de Mormón. Escudriño y busco referencias de otras escrituras, medito y oro en relación a mis preguntas.

     

    Yo sé que así como esa mujer fue sanada por Jesucristo, yo también pude ser sanada a causa de mi fe en Él. Ahora estoy saludable y antes de iniciar con seminario, dejé de tomar medicinas.

     

    Seminario y las escrituras han abierto mi mente. He podido conocer más a Jesucristo y al Padre Celestial y he podido saber lo que esperan de mí. Estoy muy feliz de haber seguido el consejo que enseñó el élder Scott, y he podido guardar todas estas experiencias espirituales en un rincón sagrado de mi ser.

     

    Sé que esta, La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, es una iglesia de revelación y que el Señor se comunica con Su pueblo por medio de nuestro profeta, Russell M. Nelson.

     

    Deseo servir una misión de tiempo completo, y me estoy preparando para cuando llegue el momento. Por eso asisto todos los días a las clases de seminario, oro y me esfuerzo por escudriñar las escrituras y retenerlas en mi mente y en mi corazón. Lo hago porque he preguntado a Dios para saber si la Iglesia y su doctrina son correctas.

     

    Sé que por medio de la expiación de Jesucristo, podemos ser perdonados y sanados de cualquier dolor o enfermedad. El tener el sacerdocio en mi hogar es una bendición y hace que me sienta amada y protegida. Sé que Jesucristo vive y me ama; la Iglesia tiene la plenitud de la doctrina de Cristo, y me alegra saber que tengo la posibilidad de dedicar mi vida a proclamarla.

     

    Para más información:

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