Ser llenos de caridad para compartir su Evangelio

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“Pidamos con toda la energía de nuestros corazones ser llenos de esa caridad para proclamar Su santo Evangelio”.


Uno de los acontecimientos memorables en la historia del cristianismo ocurrió a orillas del mar de Tiberias, hace dos mil años. Después de una noche de pesca infructuosa, Simón Pedro, Tomás, Natanael, Santiago, Juan y otros dos discípulos no habían podido obtener ni un solo pez. Cuando estaba amaneciendo, escucharon en la orilla la voz de alguien que decía:

 

“...Hijitos, ¿tenéis algo de comer? Le respondieron: No,

 

“Y él les dijo: Echad la red a la derecha de la barca y hallaréis. Entonces la echaron, y ya no la podían sacar, por la gran cantidad de peces.

 

“Entonces aquel discípulo a quien Jesús amaba dijo a Pedro: ¡Es el Señor! Y Simón Pedro, cuando oyó que era el Señor, se ciñó la ropa, porque se había despojado de ella, y se echó al mar.

 

“Y los otros discípulos fueron con la barca, arrastrando la red llena de peces, porque no estaban lejos de tierra sino como a doscientos codos.

 

“Y cuando descendieron a tierra, vieron brasas puestas y un pescado encima de ellas, y pan.

 

“Jesús les dijo: Traed de los peces que habéis pescado ahora.

 

“Subió Simón Pedro y sacó la red a tierra, llena de grandes peces, ciento cincuenta y tres; y aun siendo tantos, la red no se rompió.

 

“Les dijo Jesús: Venid, comed. Y ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle: Tú, ¿quién eres?, sabiendo que era el Señor.

 

“Vino, pues, Jesús, y tomó el pan y les dio; y asimismo del pescado.

 

“Esta era ya la tercera vez que Jesús se manifestaba a sus discípulos, después de haber resucitado de entre los muertos.

 

“Y cuando hubieron comido, Jesús le dijo a Simón Pedro: Simón hijo de Jonás, ¿me amas más que estos? Pedro le contestó: Sí, Señor, tú sabes que te amo. Él le dijo: Apacienta mis corderos”. (Juan 21: 5-15).

 

Intento ponerme en los pies de este gran apóstol y pienso en lo que pasaría por mi mente al escuchar esta misma pregunta colocando mi nombre “¿Me amas más que tus aspiraciones personales? ¿Me amas más que tus posesiones? ¿Me amas más que las posiciones en el mundo? ¿Realmente me amas… más que estos? ¿Realmente amo yo al Señor?”.

 

Él tiene un amor puro por todos nosotros, este amor puro es caridad. La Guía para el estudio de las Escrituras, define caridad: “Es el amor puro de Cristo (Moroni 7:47), el amor que tiene Cristo por los hijos de los hombres y que estos deben tener entre sí (2 Nefi 26:30; 33:7–9; Éter 12:33–34). Es el amor más fuerte, más noble y más elevado, y no tan solo un sentimiento de afecto”.

 

Pienso dónde estaríamos hoy sin ese amor que nos rescató, que nos consoló cuando más lo necesitamos, que nos trajo de vuelta cuando nos habíamos ido por otra senda, que nos dio paz en el momento más difícil, que nos hizo sentir que no estábamos solos y que había alguien más a nuestro lado que había descendido debajo de todo para saber cómo socorrernos, que nos ha permitido ser limpios de nuestros pecados a través de las aguas del bautismo, que nos permite volver al Padre y ver Su faz y vivir, si guardamos Sus mandamientos.

 

Tal como Isaías 53:5 lo describe: “Más Él herido fue por nuestras transgresiones, molido por nuestras iniquidades; el castigo de nuestra paz fue sobre Él, y por sus heridas fuimos nosotros sanados”.

 

A la luz de todo esto, cómo no poder contestar con los ojos puestos en Jesús: “Sí Señor, tú sabes que te amo”. Entonces quizás Él nos respondería: “Apacienta mis ovejas”.

 

Si lo amamos, podemos entonces apacentar sus corderos y sus ovejas, pensando en todas esas ovejas que son sus hijos y hoy no llegan a la verdad solamente porque no saben en dónde hallarla. Podemos pedir ser llenos de esa caridad que Él concede a los verdaderos discípulos, para salir como con la voz de trompeta y predicar su santo Evangelio. Podemos esta misma semana orar con fe para que Él nos guíe a sus escogidos, a aquellos que necesitan la paz, el consuelo y la sanidad para sus almas. Podemos ayudar a hacer discípulos que estén dispuestos a bautizarse en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.

 

Pidamos con toda la energía de nuestros corazones ser llenos de esa caridad para proclamar Su santo Evangelio.

 

Recientemente, el presidente Russell M. Nelson nos invitó a ser personas que deseen que Dios prevalezca en sus vidas. Cito algunas de sus preguntas introspectivas:

 

“¿Estás dispuesto a permitir que Dios sea la influencia más importante en tu vida? ¿Permitirás que Su voz tenga prioridad sobre cualquier otra? ¿Estás dispuesto a permitir que todo lo que Él necesite que hagas tenga prioridad sobre cualquier otra ambición?” (Que Dios prevalezca, Conferencia General, octubre de 2020).

 

Si pedimos Su influencia, escuchamos Su voz y estamos dispuestos a permitir hacer lo que Él necesite para conducir a uno de nuestros hermanos de vuelta a nuestro hogar celestial, nuestro gozo será grande y permanente.

 

El Señor declaró en Doctrina y Convenios 6:2-5: “He aquí, yo soy Dios; escuchad mi palabra que es viva y poderosa…He aquí, el campo blanco está ya para la siega; por tanto, quien deseare cosechar, meta su hoz con su fuerza y siegue mientras dure el día, a fin de que atesore para su alma la salvación sempiterna en el reino de Dios. Por consiguiente, si me pedís, recibiréis; si llamáis, se os abrirá”.

 

Pidamos encontrar y recibiremos impresiones, llamemos a la puerta de aquellos que sintamos, con un mensaje de texto, una llamada telefónica o de cualquier forma que sea posible y seguramente muchos abrirán su corazón.

 

El presidente Dieter F. Uchtdorf enseñó: “¡cómo necesitamos nosotros amar a Dios!

 

Porque lo que amamos determina lo que procuramos. Lo que procuramos determina lo que pensamos y hacemos. Y lo que pensamos y hacemos determina quiénes somos, y quiénes llegaremos a ser”. (El amor de Dios, Conferencia General, octubre de 2009).

 

Que podamos llegar a ser mejores pastores apacentando Sus ovejas y pensar cada día al orar, ¿con quién compartiré el Evangelio hoy? Es mi oración que seamos guiados por Él para apacentar Sus ovejas, que están esperando que Él prevalezca en sus vidas.

 

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