Una jornada de fe

Tomado de la historia personal de Udine Falabella (1925–2007)

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Udine Falabella, uno de los pioneros de la Iglesia en Guatemala, junto a su esposa, Graciela, al lado de quien sirvió como presidente del Templo de la Ciudad de Guatemala (1996–2000). Fotografía cortesía de la familia Falabella.

Cada sacrificio valió la pena. Cada milagro que vimos, y otros que cada uno guarda en su corazón, fueron muestras del inmenso amor del Padre por Sus hijos.


Una de las cosas que más me impactaron al unirme a  La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los  Últimos Días fue la doctrina de las familias eternas.  Enviudé en 1955, siete años antes de  unirme a la Iglesia. Comprendí que mi  unión con mi esposa, Leonor, no tendría ninguna validez  eterna  sin las ordenanzas del templo. Entendía perfectamente que cada miembro necesita las ordenanzas del templo para lograr su exaltación.

En 1964  fui llamado por el  presidente Marion G. Romney para servir como presidente de distrito.  Poco después, el nuevo presidente de la misión, Terrence L. Hansen, me preguntó: “ ¿Qué es lo primero que usted piensa hacer?” “ Ir al templo”, respondí inmediatamente.

Empezamos con los preparativos para la primera  excursión  oficial  organizada por la Iglesia  en  Guatemala al Templo  de Mesa, Arizona  (el cual era el templo más cercano en esa época).  La  meta era  viajar  a finales de octubre  de 1965.

Yo nunca había viajado a los Estados  Unidos, ni tenía la más remota idea de cómo organizar una excursión. No sabía nada de  costos, ni  de  rutas. Nada de esto me desanimó. Soñaba con  ir  al templo;  desayunaba, almorzaba  y  cenaba pensando en llegar allí.

Hicimos un compromiso con un transportista  que luego canceló  sus servicios porque no habíamos podido recaudar el dinero para pagarles el adelanto.  No quise contarles a los miembros porque  estaba decidido a realizar el viaje. Compartí con el presidente Hansen una experiencia  personal: 

“Cada noche, después  de  orar, digo  en voz alta lo que quiero  decirle a  mi amada esposa. Mencionaba que  estuve  organizando esta excursión para poder efectuar su bautismo  y sellarnos  como  familia  eterna en el santo templo. Esa misma noche  tuve un sueño. La vi con un vestido rosa  que  le sentaba  muy bien, y  me dijo  que ella ya había aceptado  el Evangelio”. 

Después de mucha oración y ayuno, tuve otro sueño que me ayudó a recordar que el hermano Barillas  había viajado a Mesa, Arizona, por tren. Me dirigí a la estación ferroviaria; el precio era bueno,  pero los  niños y adultos pagaban la misma tarifa.  De regreso pasé frente a la  estación  de  las  Rutas  Orientales.  Así que  muy animado entré y salí habiendo contratado  dos  buses para un total de 100 pasajeros, por Q50.00 el pasaje  (con  una  tarifa especial  para niños),  sin dejar un solo centavo de anticipo, acordando  pagar  al llegar a  Estados Unidos.

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Udine Falabella momentos antes de abordar el bus rumbo al Templo de Mesa, Arizona. Fotografía tomada de los archivos de la Liahona.

Los pasos de fe que antecedieron a los milagros

 

Los milagros  habían empezado.  Había muchos trámites  por realizar, así que  volqué mi corazón en  oración y  ayuno a mi  Padre  Celestial para pedir  Su ayuda.

Después de explicar en el  Consulado Americano  que no teníamos ninguna intención de permanecer en Estados Unidos,  ellos  me aseguraron que las visas serían emitidas.  Yo visitaba todas las tardes el  Departamento de Migración  de Guatemala para ayudar a algunos miembros con  el trámite, y también  los acompañaba al  Consulado de México.

 

Los  trámites migratorios se  completaron. Queríamos evitar inconvenientes en el camino,  y,  sobre todo,  viajar sin pagar  sobornos, cosa que era común  en esa  época.

Las  entrevistas me dieron la oportunidad de conocer los muchos milagros que estaban ocurriendo en  la vida de las  familias.

Los esposos Rodríguez  vendieron  panes con  frijol en la  municipalidad, en donde yo trabajaba. Muchos días me tocó  comprarle uno  o dos que le sobraban de la venta, así que comí panes con frijol por dos meses.  Al acercarse la fecha para el viaje, solamente habían podido reunir Q26.00, así que acordamos llevar a ambos por esa cantidad  y encontramos la forma  de  cubrir  entre todos  la diferencia.

Tere  Bonilla  no tenía dinero, y según ella  tenía fe. Tanto ella como su madre querían viajar al templo.  Yo le pedí que me  mostrara su pasaporte,  pero  no lo había tramitado. Yo le dije:  “Tere, usted no es una mujer de fe. Si usted  tuviera fe  ya tendría su pasaporte y sus visas, y entonces  el Señor empezaría a trabajar en su favor”. Le recalqué que el Señor no iba a mover un dedo hasta que ella hiciera su parte.  Así que la invité a realizar sus trámites sin dudar en  su corazón, con  confianza  en  el Señor. 

 

Ella consiguió todos sus papeles.  Dos días después,  volvió para contarme:  “¿Recuerda a mi  hermano, el  médico que  no  es  miembro  de la Iglesia?  Vino  a visitarnos para decirnos que él pagará el viaje de mi mamá. También pagará  el  mío, para que  yo pueda cuidar de mi mamá”.  Así ocurrió este milagro. Esa es la manera del Señor.

Un hermano de Totonicapán  vendió  su  única máquina de coser  para costear los gastos del viaje.  Este era  su único medio de trabajo.  Cuando el  presidente Hansen me contó  este caso,  casi con lágrimas en los ojos dijo:  “Yo sé que este hermano tendrá una máquina nueva  cuando regrese  del  templo”.  Y  así fue,  pues  él mismo se la regaló.

Yo  mismo enfrenté desafíos. No tenía dinero  suficiente para pagar el viaje de todos  mis hijos.  Con mucha fe  había ido meses antes a tomarnos una foto y tramitar el pasaporte colectivo para viajar juntos.  Cuando  la mamá  de mi difunta esposa supo que  no podría llevarlos, me dio los Q100.00  que  me hacían falta,  y así  pude llevar a todos y sellarnos en el templo.

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Leonor de Falabella, su esposa fallecida, con su pequeño Enrique en brazos. Fotografía cortesía de la familia Falabella.

Mi  hija,  Nora,  estaba de visita  en los  Estados Unidos, con la familia de un misionero que había servido aquí en Guatemala.  Él quería saludar a alguien  que  viajaría en la excursión y decidió viajar a Mesa  para reunirse  con el grupo  y, además, llevó a Nora. ¡Otro milagro! De esa forma  todos  nos sellamos  con  mi  esposa, como familia  eterna.

Después de resolver algunos contratiempos,  de último momento  pudimos completar  el cupo,  realizar los  trámites y  ponernos las  vacunas para poder transitar por México. El tan esperado día finalmente había llegado.

 

Una jornada guiada desde lo alto

Salimos  de la Ciudad de Guatemala  en la madrugada del  30 de octubre de 1965. Algunos  miembros de El Salvador  nos acompañaron,  y  en la ruta hacia la frontera recogimos grupos en  Mazatenango  y Retalhuleu. Estos fieles miembros eran de distintas regiones de Guatemala, incluyendo Quetzaltenango.

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La familia Pérez, de Quetzaltenango, Guatemala, durante el viaje al Templo de Mesa, Arizona.

Hicimos paradas para pasar  la  noche e n  varias ciudades en México:  Tapachula, Veracruz, Distrito Federal,  San Luis Potosí y  Torreón.  El  recorrido fue toda una aventura, pero recibimos ayuda de ángeles celestiales  y terrenales y  todo se iba solucionando.  Incluso tuvimos unas horas para  conocer el mar en la playa  de Veracruz.

Un  hermano que había vivido  en Guatemala  hizo  arreglos para  que pasáramos la noche  en el Distrito  Federal  de México. En el siguiente tramo, teniendo dudas de qué ruta  tomar, recibimos ayuda del conductor de un  tráiler.  Al  llegar,  un agente de la policía que no conocíamos  hizo arreglos para que pasáramos la noche en el club de Leones. Incluso,  al día  siguiente  llegó  de madrugada  para  guiarnos en la ruta.

Fue muy conmovedor  ser recibidos  después  en Torreón  con un  rótulo de bienvenida  que decía  “Bienvenidos  mormones  de  Guatemala”.  Tenían alimentos y médicos  para  revisar al grupo.  Cada  día veíamos  los milagros del Señor.  Salimos hacia Chihuahua,  en donde el presidente  Marion G.  Romney  nos esperaba con diez cajas de manzanas,  panes con mantequilla y un surtido de refrescos.

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La familia Afre de Guatemala en el Templo de Mesa, Arizona.

Con corazones agradecidos llegamos a la casa del Señor

 

Pasamos la frontera e ingresamos a los Estados Unidos.  La hermana Maura Torres platicaba constantemente con  el  chofer para que no se durmiera. Algunos tenían los pies hinchados  por  tantas horas de viaje, y a otros los había vencido el sueño. De pronto, Tere de Alfaro exclamó: “El templo, el templo!”

Muchos lloraron,  y desde lo más profundo de mi  corazón,  en un profundo y  sagrado silencio,  dije:  “Gracias Padre. Hemos  llegado”.

Llegamos con un día de retraso.  Nos  estaban esperando en el  templo  varias familias, ansiosas de alojarnos.  El presidente del templo  se encargó de que nos sirvieran a todos una deliciosa cena.  Nos  trataron como ángeles bajados del  cielo.  No solo nos hospedaron, si no  nos trasladaban  hacia el  templo y  aun  a  conocer  la ciudad  al final  del día. 

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Los esposos Ordóñez y su hijo Jared, de seis meses, el más joven del viaje.

Al día siguiente llegamos muy  temprano  al templo, y aunque no llevábamos listas las hojas para las ordenanzas,  los  hermanos  de la oficina nos ayudaron con celo  celestial.  Se hicieron muchas ordenanzas  personales y sellamientos  de muchas familias. El más numeroso fue  el sellamiento de la familia Afre  Palomo,  que  llevaban a sus nueve hijos.

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Udine Falabella y su hija, Nora, al fondo junto a su hermano, Enrique. Fotografía cortesía de la familia Falabella.

Tuve que viajar a la ciudad  de  Phoenix para que visaran  todos los pasaportes  para el  viaje de  vuelta.  Cuando regresé al  templo,  ya se habían terminado las sesiones y  los sellamientos.  Le expliqué  al  presidente el motivo  de mi tardanza  y me dijo:  “No se preocupe. Solo necesitamos dos testigos  para su sellamiento”.  Los hermanos que serían  mis testigos ya no estaban, pero otro milagro estaba a punto de suceder.

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Udine Falabella, junto a sus hijos varones, Rolando, Enrique, y Álvaro. Fotografía cortesía de la familia Falabella.

Mientras  buscaba  quién me  ayudara,  alguien tocó mi espalda.  ¡Era  el misionero que me bautizó!, el  élder David Lavern  Johnson.  Le pedí que  fuera  uno de los testigos  de nuestro sellamiento. Entonces aprendí que  el Señor nos  da  bendiciones jamás  pensadas cuando queremos hacer  Su voluntad.  Y  así,  arrodillado ante uno de  los  altares del  templo rodeado de mis hijos y con Lily Chacón Reyes  como representante de  Leonor, mi esposa  fallecida, fuimos sellados por las eternidades.

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Parte del grupo que viajó al Templo de Mesa, Arizona, en noviembre de 1965. Fotografía tomada de los archivos de la Liahona.

El 7  de diciembre 1965,  todos recibimos  nuestras  bendiciones  patriarcales.  Fueron momentos muy bonitos, emotivos  e históricos.

Estuvimos  cuatro  días en el  templo  disfrutando  mucho de las  ordenanzas salvadoras.  Regresamos otra vez a la Ciudad de Guatemala  después de un viaje de  10 días.  Cada sacrificio valió  la  pena. 

 

Después de casi cuatro años de pertenecer a la Iglesia de Jesucristo, sentí como nunca el poder del Espíritu del Señor guiando y planeando la realización de este viaje. Y nunca como en ese tiempo sentí el poder de Satanás tratando de desviar e impedir nuestro santo propósito. Pero nuevamente el bien triunfó sobre el mal, y la serpiente antigua tuvo que morder amargamente el polvo de la derrota.

 

Cada milagro que vimos, y otros que cada uno guarda en su corazón, fueron muestras del inmenso amor del Padre por Sus hijos, quienes con tanto esfuerzo estuvieron dispuestos a hacer cualquier sacrificio para recibir las ordenanzas salvadoras en el templo del Señor.

 

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La familia del presidente Udine Falabella, el día que fue ordenado presidente de estaca. Aparecen, de izquierda a derecha: Nora, Enrique, Lily (su segunda esposa), Jorge (hijo de Lily), el presidente Udine Falabella, Álvaro y Rolando. Fotografía cortesía de la familia Falabella.

Nota:  En  1967  Udine  Falabella fue llamado a servir como  el primer presidente de estaca en Guatemala. También sirvió como representante regional, patriarca y presidente del Templo de la Ciudad de Guatemala (1996–2000). Se casó de nuevo con Graciela Aguirre de Falabella, con quien tuvo dos hijos más, Udine y Karina.  Udine Falabella es el padre de Enrique R. Falabella, quien es actualmente miembro del Primer Cuórum de los Setenta.